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lunes, 26 de septiembre de 2016

1518 - FANTINI - LOS RIESGOS DE OCCIDENTE




Desde el ensayo nuclear Kim Jong-un hasta la primera señal de un enfrentamiento total entre iraníes y sauditas, crecen las alertas en Asia y el mundo musulmán.

Por

Protestas contra los ensayos nucleares de Kim Jong-un
Protestas contra los ensayos nucleares de Kim Jong-un

En un puñado de días, se acumularon presagios y se asomaron espectros para recordarle al mundo que hay mechas encendidas en varios puntos del planeta.
Después de hacer vibrar los sismógrafos asiáticos con la más potente de sus pruebas nucleares, Kim Jong-un le anunció al orbe que el régimen norcoreano ya puede miniaturizar ojivas atómicas para montarlas sus sofisticados misiles.


Su abuelo. Kim Il-sung, había combatido a los japoneses en el norte de la península coreana con el respaldo soviético y, entre 1952 y 1953, pudo evitar que las fuerzas comandadas MacArthur entraran a Pyongyang, con ayuda del ejército chino.

Kim Jong-il, su hijo y sucesor, logró mantener la tolerancia de la Rusia pos-soviética y el respaldo de la China pos-maoísta. Pero si el anterior presidente, Hu Jintao, y el actual jefe de Estado, Xi Jinping, no se sacudieron la carga que implica ese régimen lunático, agravado por la temeridad de Kim Jong-un, ya no es sólo porque necesitan un estado tapón que impida tener en la frontera oriental de China una Corea aliada de Washington y con bases norteamericanas, sino también porque el poderío

norcoreano le suma capacidad disuasoria a la amenazante expansión marítima que pone a Beijing en tensión con Japón por las islas Dokdo, con Vietnam por las Paracels y con esos dos países (más Indonesia, Filipinas, Malasia y Brunei) por las islas Spratly.

Así y todo, China cada vez soporta menos al glotón de la carcajada estruendosa que provoca terremotos.

Siria y Turquía

Mientras tanto, otros espectros asoman. Los tanques de Turquía entraron a Siria, pero no para atacar a ISIS, sino para atacar a los kurdos y evitar que instalen junto a su frontera un Estado autónomo, como el que ya tienen en el norte iraquí. Cuando el califato genocida haya sido borrado del mapa, el mundo estará en deuda con los kurdos, como lo estuvieron los vencedores de la Primera Guerra Mundial por el aporte kurdo en la lucha contra el Imperio Otomano. Pero seguramente, por la presión de Ankara, volverán a ser estafados, como ocurrió con el Tratado de Lausana, que les quitó en 1923 el Kurdistán que le había otorgado el Tratado de Sevres en 1920.

Mientras Erdogán empezaba su cacería de kurdos en Siria, Ayman al Zawahiri reaparecía como un muerto vivo, amenazando a Estados Unidos con perpetrar “mil 11-S”. De ese modo, el líder de Al Qaeda intenta recuperar el protagonismo que ISIS le arrebató en el escenario del terrorismo global además de barrerla del conflicto sirio, donde lo abandonó incluso el Frente Al Nusra, que le respondía hasta que decidió sumarse a una coalición rebelde que nada tiene que ver ni con el califato que lidera Al Bagdadí ni con la organización creada por Osama Bin Laden.

Lo que busca Al Qaeda es arrebatar a ISIS el monopolio de la inspiración que pone a sicópatas de todo el mundo en trance exterminador. Pero la reaparición de Al Zawahiri no fue el peor espectro. La sombra de la verdadera “madre de todas las batallas” volvió a rondar el Golfo Pérsico.

Lo que siempre ha sido una guerra fría, podría calentarse. Nunca estuvieron más cerca de una confrontación directa las dos principales potencias cuyo mutuo aborrecimiento expresa la eterna aversión de las dos principales corrientes del Islam.

Islam dividido. En la antesala de la peregrinación anual a La Meca, Irán y Arabia Saudita se dijeron abiertamente lo que siempre se habían susurrado. El presidente iraní Hasan Rohaní expresó su crítica en términos políticos, al exhortar a los musulmanes a castigar a los sauditas “por sus crímenes”, en referencia a la financiación de ISIS y a la intervención militar en Yemen contra los hutíes y otros clanes chiítas. Pero el ayatola Alí Jamenei atacó a la Casa Saud en términos religiosos, al afirmar que “no tiene autoridad” para regir los sitios sagrados del Islam, como la Gran Mezquita de La Meca.

La respuesta saudita fue también en términos teológicos. El Gran Muftí Abdulaziz al Sheij, afirmó que “los iraníes no son musulmanes”. La interpretación más suave de lo que dijo la máxima autoridad suní, alude a la influencia del zoroastrismo en la cultura persa. Pero todos saben que, para el wahhabismo, la cerrada e intolerante vertiente coránica de los saudíes, la herejía es el chiísmo.

Metiendo el dedo en la llaga que jamás cicatrizó desde el cisma producido en el año 680, por la muerte del Hussein, hijo de Alí Ibn al Taleb y nieto de Mahoma, a manos de un ejército omeya, el Gran Muftí de La Meca expresó abiertamente que los chiitas son una vertiente herética; una desviación inaceptable de los preceptos del Corán. Por tanto, deben ser erradicados de la tierra del profeta: Arabia.

Desde la muerte del hijo de Alí, el califa destronado que no se resignó y murió luchando por recuperar el poder, los chiitas y los sunitas se divorciaron para siempre. La chía responde a Alí, primo y yerno del profeta, y la suna a quienes lo destronaron y mataron a su hijo en Kerbala. En esa ciudad del sur iraquí está el mausoleo donde, este año, peregrinaron los iraníes en lugar de La Meca.

A partir de la caída del sha Reza Pahlevi en 1979, Irán se convirtió en el país líder del chiismo beligerante. Su peor enemigo es la oscurantista doctrina oficial del reino saudí: el wahhabismo.

Para su creador y miembro cofundador de la dinastía reinante, Muhamad ibn Abd al Wahhab, los chiitas son herejes que deben ser castigados. Con esa doctrina como identidad teológica, fue fundado el reino en 1932 por Abdulaziz al Saud, descendiente del teólogo y del jeque tribal que iniciaron en el siglo 18 la unificación del Hiyyaz. Esa versión extrema del supremasismo sunita es la ideología de Al Qaeda y también de ISIS. Además, como las otras doctrinas salafistas, considera al chiismo como una apostasía abominable.

Por eso Riad apoyó a Saddam Hussein en los ocho años de guerra contra el Irán del ayatola Ruholla Jomeini. Por la misma razón, las arcas saudíes financiaron a ISIS y al Frente Al Nusra, para que saquen del poder al clan alauita que impera en Siria desde el golpe de estado que dio Hafez el Asad en 1970. El régimen alauita de Damasco es aliado de Teherán y de los chiitas libaneses liderados por el jeque Hassan Nasrala y el partido-milicia Hizbolá.

Hasta aquí, igual que la sostenida por soviéticos y norteamericanos durante cuatro décadas del siglo 20, la confrontación entre Irán y Arabia Saudita ha sido indirecta. Pero las guerras que despedazan a Siria y a Yemen parecen deslizar a los dos titanes del chiismo y el sunismo hacia un enfrentamiento total.

Sería la guerra madre de todas las guerras que convulsionan al atribulado mundo musulmán.

* Profesor de Ciencia Política, Universidad Empresarial Siglo 21.

FUENTE: PERFIL - FANTINI - LAS MECHAS - 22/9/16

REFLEXIÓN:

Claudio Fantini conoce bien la temática de Medio Oriente y está alertando cómo el mundo entero está sujeto a lo que pasa entre los fanáticos musulmanes de una y otra secta.

Parecería que ese enfrentamiento que lleva tantos años nos fuera ajeno, sin embargo, Occidente recibe terrorismo de ambos lados. Y encima está obligado a acoger refugiados por válidas razones humanitarias, sin saber si en pocos años los que rogaron por entrar no se convertirán en los futuros terroristas.

Ese riesgo lo están asumiendo todos los países que los reciben. Pero no se puede ignorar que hoy, sin pensar en el futuro, necesitan refugio y ayuda y hay que dársela. Sólo que debería acordarse que cuando esta guerra absurda termine deberían ser repatriados.

Cuando los rusos, con Putín a la cabeza, apoyan a los chíitas de Irán y a los alawitas de Assad es sólo un apoyo en esta coyuntura. Los rusos no tienen paciencia con los musulmanes de cualquier secta y éstos lo saben.

"El enemigo de mi enemigo es mi amigo", se dice Putín, pero los rusos nunca van a considerar verdaderos amigos a los que hoy combaten a Occidente y a cualquiera que se interponga con su fanatismo en la vida de la "madre Rusia", Putín lo tiene claro.

ANA


sábado, 14 de septiembre de 2013

1192 - CLAUDIO FANTINI: OBAMA-SIRIA




OBAMA EN CÁMARA LENTA

Por CLAUDIO FANTINI

Quedó atrapado en un dilema shakespeareano. Atacar o no atacar es la cuestión. Barak Obama se sabe condenado al repudio. En cuestiones de guerras, haga lo que haga, Estados Unidos es siempre cuestionado. Si ataca lo acusan de belicismo imperialista y, si no ataca, lo acusan de inmovilismo insensible ante las penurias de otros pueblos.
Pero el dilema de Obama es más profundo y se refleja en el océano de contradicciones donde naufragó la idea inicial de responder al régimen sirio con una “guerra relámpago”.

Los estrategas del siglo 19 que idearon esta modalidad de ataque fulminante, aplicado luego por la Wehrmacht con el nombre de “blitzkrieg”, apuntaban fundamentalmente a tomar por sorpresa a la fuerza atacada. Pero en este caso, lo que debía ser un inesperado latigazo, se convirtió en un pasmoso y anunciadísimo plan, con más indefiniciones que precisiones.

No sólo demoró en decidir el ataque, sino que al anunciarlo, anunció también que lo sometería a la decisión del Congreso. Ergo, anunció un ataque que podría no concretarse.

Enredado en una madeja de dudas, el jefe de la Casa Blanca tiene sólo dos certezas. Una lo paraliza, demorando la acción bélica, mientras que la otra lo alienta a dar la orden de ataque. Lo paraliza saber que, aunque los misiles lanzados desde buques y aviones bombarderos, logren precisión quirúrgica en blancos militares, el régimen de Bashar Al Assad mostrará al mundo imágenes de destrucción y muerte, que incluso podría causar su propio ejército, para usarlas contra Estados Unidos y su presidente. Lo hizo Saddam Hussein en las guerras que mantuvo contra Bush padre y contra Bush hijo.

La certeza que empuja a Obama a la decisión de atacar, es saber que ha llegado a un punto sin retorno. La sola demora fortalece al régimen sirio, que recibió la segunda postergación del ataque como un triunfo propio. Y más aún lo fortalecería la cancelación de la anunciada operación militar. Implicaría un cheque en blanco para su criminal aparato de guerra. También un aliciente para que los ayatolas iraníes y la nomenclatura norcoreana se vuelvan aún más desafiantes.

Lo sabe el presidente norteamericano, por eso decidió no poner la marcha atrás, aunque avanza en cámara lenta y con un pié tocando el freno.

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La mayoría los conflictos en el mundo musulmán tienen que ver, o bien con un enfrentamiento político entre laicos y religiosos, o bien con un enfrentamiento étnico entre sunitas y chiítas.

Por cierto, hay excepciones como Libia, donde la disputa principal fue entre las tribus beduinas de Cirenaica contra las de Tripolitania, que detentaban el poder desde que Muammar Jadafy derrocó al rey Idris. Pero lo normal es el enfrentamiento entre alguna de las dos dicotomías que atraviesan a las naciones árabes.

En el conflicto sirio se superponen las dos. El régimen nacido del golpe que dio en 1970 Hafez al Assad y hoy continuado por su hijo Bashar, es claramente laico. Por eso tiene como brazo político al Partido Baas, una fuerza secular fundada por el filósofo árabe cristiano Michel Aflak.

Su archienemigo ha sido siempre la rama siria de la Hermandad Musulmana, organización religiosa que se opuso al militarismo laico en Egipto y durante el breve gobierno que terminó en el reciente derrocamiento del presidente Morsi, intentó avanzar desde el Estado secular al califato. Por eso el más grande levantamiento contra el poder baasista, antes del actual, fue el ocurrido en 1982, en la ciudad de Hama, donde Rifat al Assad, vicepresidente y hermano del dictador, mató a más de veinte mil personas usando artillería pesada contra la rebelión de los hermanos musulmanes.

Pero el conflicto sirio tiene también un componente étnico, porque la mayoría sunita se ha levantado contra el poder de la minoría alawita, considerada rama del chiísmo.

Precisamente porque el poder está en manos de los alawitas es que el régimen forma parte del eje chiíta Teherán-Damasco-Hizbolá (partido-milicia del chiísmo libanés), por lo tanto, la disputa en Siria enfrenta a laicos y religiosos al mismo tiempo que a sunitas y chiítas. Y los países vecinos asumen posiciones tomando en cuenta una u otra dicotomía.


Por ejemplo, Arabia Saudita y Qatar, países donde rige el sunismo wahabita, que es el más enfrentado al chiísmo por considerarlo herético, apoyan abiertamente a los rebeldes y claman por la caída del régimen alawita y la ruptura del eje chiíta.

En cambio Egipto, que mientras gobernó la Hermandad Musulmana apoyó a los ultra-islamistas que luchan contra el régimen laico, ahora que tiene un gobierno secular surgido del golpe de Estado, rechaza un ataque occidental que derribe a Bashar Al Assad porque dejaría Siria en manos de los islamistas.

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Obama observa ese complejo tablero, entendiendo que cualquier desenlace de esta contienda tendrá una consecuencia positiva pero también una consecuencia negativa.

Si el régimen vence a los rebeldes, será el triunfo de una dictadura minoritaria aliada de los ayatolas iraníes y de Rusia, y enemiga de Israel. Pero si triunfan los rebeldes, el poder podría quedar en manos de ultra-islamistas que colaborarían con los fundamentalistas egipcios, permitirían que Al Qaeda se haga fuerte en Siria, ayudarían a Hamas a mantener el control de la Franja de Gaza y tal vez harían lo que el régimen de los Al Assad no hacía desde la guerra de 1973: atacar a Israel.

Por eso el Estado judío prefiere en Damasco a un enemigo conocido y predecible, antes que al agujero negro en el que caería ese vecino con el que disputa las Alturas del Golán.

En rigor, tanto a Israel como a los Estados Unidos lo que más les conviene es la eternización de la guerra civil que debilita a las partes enfrentadas y mantiene divididos a los países árabes.


Además, una intervención de las potencias podría aumentar el riesgo de que se disparen los precios internacionales del crudo, impactando en la aún empantanada economía europea y afectando la frágil recuperación norteamericana.

Aunque Siria no es una potencia petrolera ni mucho menos, podría sacudir el mercado una intervención de Irán, o que Bashar al Assad lance una lluvia de misiles Scud contra Arabia Saudita y Qatar.

Quizá esa sea otra de las razones por las que Obama decidió marchar hacia la guerra en cámara lenta. El problema es que ha tomado dos decisiones difícilmente compatibles: Una, actuar con mucha lentitud; la otra, realizar un ataque limitado que dañe el poder de fuego del régimen, pero no lo derribe.

En síntesis, el objetivo del presidente norteamericano sería que el ejército sirio retroceda varios casilleros, perdiendo el terreno reconquistado en los últimos meses; pero sin liquidarlo.

La razón es que las fuerzas rebeldes aún no están en condiciones de constituir un poder fuerte y capaz de controlar la totalidad del territorio.

Parece por demás sensato. Sin embargo, ese objetivo requiere que el ataque limitado sea veloz y sorpresivo, ya que la demora le permite al régimen ocultar arsenales y urdir planes para expandir el conflicto....

FUENTE: FANTINI-OBAMA EN CÁMARA LENTA-12/09/13

REFLEXIÓN:

El autor hace una excelente síntesis de la situación en Siria y de la actitud de Obama. Un artículo que es imprescindible leer para entender lo que está ocurriendo en Siria.

Todo responde a intereses sectarios religiosos, étnicos y políticos, por debajo de ellos está el sufrimiento del pueblo sirio atrapado y sin saber que hacer para salvarse de la persecución y de la muerte. Familias que ven morir a los suyos sin poder hacer nada para salvarlos.

Éste es un análisis crudo pero realista, creo que expresa la raíz del problema en Siria. Duele comprobar que la seguridad y supervivencia de ese pueblo está lejos de alcanzarse.

No se sabe qué hará la Comunidad Internacional, Rusia ha declarado que vetará cualquier ataque que ordene el Consejo de Seguridad de la ONU. Así las cosas, hay que esperar no sin sentir angustia y pena porque el pueblo de Siria sigue desamparado y quien sabe por cuanto tiempo, aunque Rusia y EE.UU. han dado un corto plazo a Assad para que destruya sus armas químicas. Si no lo hace, la lucha interna no tiene un fin previsible.

ANA